Historia en tres actos

MGV

 

Primer acto

 

Mi padre, con vigorosos 28 años, trabajaba en la empresa de la familia y entre sus labores estaban realizar cobros y entregas a distintos clientes. En una de las empresas que visitaba cada semana, un día algo, o mejor dicho alguien, llamó su atención: Una niña de unos 12 años de edad que tenía unos ojos vivarachos, que estaba en un lugar que no era el lugar donde se debería encontrar. La distinción vino por ese simple hecho y paso de largo.

 

Segundo acto

 

Como dice la canción, el tiempo voló y con nuevas responsabilidades y diferentes obligaciones, mi padre ahora visitaba a clientes de cierta importancia para la empresa y una tarde cualquiera pasó a la mencionada empresa a realizar un encargo pendiente. Al entrar a la recepción se percató – de una manera muy evidente, por lo que dicen las crónicas – de la nueva recepcionista. Una jovencita de alrededor de unos 20 años le indicaba que esperara unos momentos para poder ver al director de la empresa. Terminada la reunión y despidiéndose con la propiedad del caso (llene los espacios), mi padre salió a buscar a algún conocido que le diera más información sobre aquella muchacha, resultando ser la hija menor del dueño y director de la empresa, a quien conocía desde hace varios años.

 

Tercer acto

 

Una semana después de ese primer (o segundo) encuentro, mi padre invitó a salir a aquella muchacha. No pasarían tres meses de noviazgo cuando le propuso matrimonio y tres meses más para que se realizara el bodorrio. Mi madre con 22 años y mi padre con 38 unieron a dos familias que llevaban años de amistad y relaciones comerciales (mi abuelo y dos de mis tíos habían trabajado juntos años atrás, antes de formar sus propias empresas). Ninguno de los dos, ni nadie, podría haber previsto o pronosticado lo que pasaría aquella tarde, ahora tan lejana y tan carente de cualquier otra cosa, salvo el haberse visto por primera vez. De ese primer encuentro han pasado 50 años y 42 años de matrimonio, contra todos los pronósticos y con las probabilidades en el terreno de lo inesperado.

 

Ricardo Meza Guasco aka Avedrio

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Una vez…

Una  mujer se desmayo cuando la besé. Deseaba tanto besar esos labios que en ese momento deje que las pasiones contenidas se desbordaran sobre ellos y no hice caso a los intentos de separarlos. No tardó mucho en desvanecerse y me sentí halagado, aunque un poco asustado, pero no mucho. El ego pesaba más que su cuerpo suelto. Duro poco el encanto. Despertó a los pocos minutos, mi victoria fue convertida en bochorno. Estaba tan constipada por una alergia que no la dejaba respirar. Lo demás imagínese usted.

¿Cocha diche? Los alcances (o límites) de la comunicación humana


“Yo sé que usted cree comprender lo que piensa que yo he dicho,

pero no sé si se da cuenta de que lo que usted ha oído no es lo que yo quería decir.” – Pierre Rataud

 

¿Cuántas veces ha tenido discusiones acaloradas por malos entendidos con su pareja, sus amigos, sus compañeros de trabajo y hasta en twitter o facebook? En la vida pública, en la cotidiana y en lo personal hay miles de situaciones, generalmente acompañadas de expresiones, que han sido interpretadas de tal manera que el interlocutor no pudo prever y hay cantidades infinitas de historias que incluyen enredos de comunicación. Nadie esta exento; por más estrictos que seamos en nuestra forma de expresarnos, en usar las palabras adecuadas o en estructurar nuestras ideas cumpliendo toda regla y estructura gramatical[1], en la mayoría de los casos cada uno de nosotros construirá en su mente una imagen (por llamarla de alguna manera) que no siempre se acerca a la realidad que tratamos de describir o expresar. Pese a lo anterior, hay incluso quienes afirman que “nunca han tenido un problema de comunicación” o para zanjar el asunto terminan diciendo “ese es tú problema, yo lo dije muy claro”; y es que en estos y otros casos cotidianos no logramos una comunicación, ya no digamos efectiva, ni siquiera transmitimos algo.

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