¿Cocha diche? Los alcances (o límites) de la comunicación humana


“Yo sé que usted cree comprender lo que piensa que yo he dicho,

pero no sé si se da cuenta de que lo que usted ha oído no es lo que yo quería decir.” – Pierre Rataud

 

¿Cuántas veces ha tenido discusiones acaloradas por malos entendidos con su pareja, sus amigos, sus compañeros de trabajo y hasta en twitter o facebook? En la vida pública, en la cotidiana y en lo personal hay miles de situaciones, generalmente acompañadas de expresiones, que han sido interpretadas de tal manera que el interlocutor no pudo prever y hay cantidades infinitas de historias que incluyen enredos de comunicación. Nadie esta exento; por más estrictos que seamos en nuestra forma de expresarnos, en usar las palabras adecuadas o en estructurar nuestras ideas cumpliendo toda regla y estructura gramatical[1], en la mayoría de los casos cada uno de nosotros construirá en su mente una imagen (por llamarla de alguna manera) que no siempre se acerca a la realidad que tratamos de describir o expresar. Pese a lo anterior, hay incluso quienes afirman que “nunca han tenido un problema de comunicación” o para zanjar el asunto terminan diciendo “ese es tú problema, yo lo dije muy claro”; y es que en estos y otros casos cotidianos no logramos una comunicación, ya no digamos efectiva, ni siquiera transmitimos algo.

Aún cuando podemos encontrar elementos que dificultan el entendimiento entre iguales (desde el idioma hasta el nivel educativo) no se pueden hallar culpables directos de estos malentendidos inevitables en nuestra vida diaria, ya que las personas estamos sujetas a una serie de individualidades que tienen que ver con el cómo y de qué forma entendemos o asimilamos nuestro entorno y lo que en él se encuentra, independientemente de otros factores que pudieran incidir directa o indirectamente.

 

Pongamos un ejemplo: Cuando usted lee una novela, un cuento o este documento, conforme avanza en la lectura va recreando en su mente una serie de imágenes, escenarios, personajes y situaciones específicas a partir de aquellas referencias que ha ido acumulando a través de la experiencia y que no necesariamente son las mismas que se utilizaron para describir una idea; cuando a ese mismo texto lo acompañamos de una imagen, o la novela es llevada al cine, teatro o televisión, en la mayoría de los casos siempre tendremos discrepancias con la interpretación que le han dado a esa imagen que construimos con tanto esmero y concentración.

 

Ahora bien, en una plática del día a día, un amigo nos describe de la manera más acertada posible (dependiendo de la riqueza de su vocabulario, su capacidad descriptiva y su agilidad para estructurar un relato, entre otras) un área especifica de su casa, digamos, su nuevo centro de entretenimiento. Al final del día, en el momento que nos presentamos físicamente en el lugar descrito, el relato puede o no, acercarse o alejarse, de lo que originalmente habíamos pensado.

 

Cuando el texto tiene imágenes, o dentro del relato tenemos una referencia visual previa, éstas sirven para enmarcar y acotar nuestras posibilidades de recreación mental, y en cierta forma, ayudan a que esa representación corresponda a determinado contenido porque nos fue dado con anterioridad, sin embargo, hay elementos que se quedan “al aire” y que consciente o inconscientemente llenamos con nuestras propias interpretaciones.

 

La lengua, tan rica y en constante evolución, es nuestro principal instrumento de comunicación en las sociedades modernas y hemos acomodado su uso junto a lenguajes mucho más complejos (gesticulaciones y movimientos corporales) que acompañan las expresiones humanas en distintos medios (voz, impresos, Internet, radiofrecuencias, video) y a través de diferentes canales (sonido, papel, redes sociales, video, audio). Entonces ¿porqué nos cuesta tanto comunicarnos eficientemente?

 

Los animales, que por supuesto generan procesos comunicativos, no tienen el mismo problema que nosotros, y aunque sus códigos y lenguajes son más primitivos a nuestros ojos, también son más eficientes. Descartando los ejemplos tradicionales como el caso de las abejas, los delfines u otras especies asociadas a la comunicación, pongamos un ejemplo extraído del libro de Manuel Martín Serrano[2], que me parece, es mucho más contundente:

 

“Unos ciervos (E) braman. (Como se sabe, la brama es un comportamiento expresivo de los machos en la época del apareamiento). Suponemos que hay dos grupos de oyentes que se ven afectados por las indicaciones sonoras de los ciervos: Unos pájaros (R1), que se espantan y emprenden el vuelo; unas ciervas en celo (R2), que al escuchar la llamada acuden al territorio que ocupan los machos”[3]

 

Aquí se ejemplifica la diferencia entre la comunicación humana (poco eficiente) y la comunicación animal (altamente eficiente); El macho manda un mensaje significativo a la hembra, quien responde directamente a un mensaje concreto: “Un macho quiere aparearse” y responde en dos vías “Si” o “No”. En ningún momento de este intercambio de información existe complejidad alguna, ni el macho tuvo que llevar flores, invitar a la hembra a cenar y aturdirla durante dos horas de conversación en la sobremesa para que ella accediera a tener un intercambio que involucra la reproducción, ni ella se siente ofendida ante la directa expresión de necesidad de apareamiento y por supuesto, el macho no vio heridos sus sentimientos ante la negativa de la hembra de aparearse. Se realizó una solicitud, ante la cual existió una respuesta. El único accidentado en este proceso fueron las aves, que huyen del lugar, no sabemos si por “ofrecer privacidad” o por “espantarse” por un ruido que no les decía absolutamente nada.

 

Los animales tienen códigos perfectamente establecidos que les ayudan a establecer sus relaciones sociales y con el entorno que los rodea, alcanzando los diferentes objetivos a partir de un claro y preciso sistema de intercambio de información. En el caso de los seres humanos, también tenemos esos códigos perfectamente establecidos, el problema radica en que nosotros llevamos la parte de la “interpretación” del mensaje al terreno de las representaciones sociales, culturales e ideológicas que pueden dar al traste al proceso.

 

Hasta este punto y en este momento, usted, al leer estas líneas está sacando sus propias conclusiones respecto a lo que he venido exponiendo y sus reacciones pueden ir desde “¡este tipo es un idiota!” hasta “nunca lo había pensado” y en todos los casos que pudieran existir en medio lo más seguro es que tenga razón, pero estamos limitados a poder argumentar nuestros puntos de vista y, lo más importante de todo, de llegar a un punto en común. Y es que la mayoría asume que un intercambio de información es lo que se necesita para poder realizar el proceso comunicativo con éxito y dependiendo de la escuela cognitiva y hermenéutica desde la que se parta, podrá agregarle o quitarle algunos elementos más o menos acertados.

 

“El hombre busca, de una manera que le sea adecuada, formarse una imagen clara y simple del universo y triunfar así sobre el mundo de la existencia, al esforzarse en remplazarlo por esa imagen”

— Albert Einstein

 

Primeramente tendremos que aclarar algunas cuestiones conceptuales respecto a la comunicación, y es que antes que otra cosa, “comunicar” es una acción, que como tal, implica la realización de algo específico, pero el DRAE y el DUE no nos ponen muy en claro de que se trata:

 

  • El DRAE lo define como: (1)“Hacer a otro partícipe de lo que uno tiene”; (2) “Descubrir, manifestar o hacer saber a alguien algo.” Y (3) “Conversar, tratar con alguien de palabra o por escrito” y otras 7 acepciones que más que aclarar confunden.

 

  • El DUE lo define como (1) “Hacer saber a alguien cierta ‘cosa’”; (4) “Hacer una cosa o persona con su influencia o intervención que otra cosa u otra persona tenga ‘algo’ que se expresa”.

 

Desde este punto podemos quedar satisfechos con lo que nos han dicho, aunque nos cueste trabajo replicarlo en nuestras propias palabras (inténtelo) y tampoco describe cuáles son los elementos que la componen; vamos, ni siquiera lo expone como un proceso o una acción. Estas definiciones podrán ayudar mucho, pero, creo yo, para quedar con más dudas de las que ya hemos expuesto hasta el momento respecto a lo que significa comunicar; pero no todo está perdido: siempre hay esperanza para casos desesperados; cuando un concepto resulta complicado comprenderlo, mi recomendación es remitirse a la etimología de éste y probablemente el panorama se empiece a aclarar, como a continuación expongo. Comunicar tiene su origen en el latín communicāre (poner en común) que a su vez es el infinitivo de commūnis (común, público). Bajo estas premisas, comunicar significaría poner en común, ahora la duda radica en qué hay que poner en común. Rápidamente puedo contestar que lo que hay que poner en común son las ideas, pero creo que Fernando Savater tiene el concepto mucho más claro, aún cuando su reflexión hace énfasis en la conversación:

 

el arte de conversar es el estadio más sofisticado, más civilizado de la comunicación por medio de la palabra. Un arte hecho de inteligencia, de humor, de buenos argumentos, de anécdotas e historias apropiadas, de atención a lo que dice el vecino, de respeto[4]

 

Comunicar es una construcción que se tiene que hacer a partir de la información con la que se cuenta, que se propone y se enriquece con otra información que es expuesta ante la ya existente y que termina con una nueva información, resultado de esa conjunción de ideas y que difiere de las originalmente mostradas y es consecuencia de las mismas. Como pueden ver, lo que normalmente llamamos “comunicarnos” es un simple intercambio de ideas (traducidas en información) en las que cada interlocutor interpreta, genera y asimila sus propias representaciones de lo que quiso expresar o entender, ya que dichas construcciones parten de la idea de lo que “yo quiero informar” y no de “lo que el otro pudiera entender”. Cuando construimos nuestros mensajes en la mente para ponerlos en palabras, realizamos un hermoso omelette mental de ideas (aparte del proceso cognitivo más complejo que hayamos realizado en toda la historia de la humanidad, pero eso lo trataremos otro día); gestos, expresiones, conceptos, intenciones, experiencias y alguna que otra manía que consideramos fundamental para que “el otro” me entienda se combinan en nuestra cotidiana intención de transmitir ideas, sin embargo casi nunca nos detenemos a pensar en todo ese omelette que el otro ya tiene desde antes y que puede o no dificultar la correcta construcción de acuerdos comunes.

 

Lo anterior no infiere que no se comprenda el mensaje en el sentido más estricto del término; puede existir una comprensión de lo que se quiso decir, sin embargo, a eso que llamaríamos comunicación es un simple intercambio de información que tanto el que la dice como el que la interpreta, dan por sentado y realizan la réplica inmediata. Cuando conversamos lo habitual es que cada quién exponga sus puntos de vista respecto a un tópico concreto y ante cada pronunciación se viene otra que apoya o contradice lo expuesto, y cada quien se va a su casa manteniendo prácticamente intacta su idea original y con alguna idea errónea de lo que el otro expuso.

 

Para poder hablar de una comunicación efectiva, estas ideas tienen que ponerse en un “lugar” común en donde se enriquezcan, evolucionen y resulten complementarias para seguir un proceso infinito de comunión. Piense en el proceso como en una ensalada: La lechuga, el tocino, los champiñones y las nueces, por sí mismas, son buenas; pero cuando las conjuntamos obtenemos algo mucho más rico que los ingredientes solos, y si el aderezo es el adecuado (otro conjunto equilibrado de elementos aislados) el disfrute está garantizado. La comunicación debe ser esa ensalada, ese nuevo conjunto que es en sí mismo, y se olvida de los elementos que la compusieron originalmente. Cuando las exposiciones de dos o más individuos logran crear esta ensalada informativa, entonces podemos hablar de un proceso comunicativo robusto y eficiente. Desafortunadamente, como bien lo expone Savater, es un estadio que requiere elementos nada comunes en nuestra cotidiana y acelerada vida.

 

Expuesto lo anterior, y partiendo de que una situación similar como la arriba expuesta, en la práctica es, si no imposible, muy difícil de encontrar, la única opción viable es que intentemos estructurar nuestros mensajes de manera tal, que garanticemos en la medida de lo posible, transmitir nuestra idea con la mayor claridad posible y para ese punto en particular, le ofrezco la siguiente propuesta. Intente que sus mensajes sean puntuales (diga solamente lo que quiere decir), significativos (en calidad para el interlocutor) y pertinentes (sólo aquella información que considere fundamental para el receptor) y pruebe la eficiencia de este pequeño método y regrese a platicar su experiencia.

 

Un último punto: siendo la comunicación una acción, cualquier tarea diferente a la expresiva deja de ser parte del proceso comunicativo, es decir: si alguien le pide que se detenga y usted realiza el acto de “detener el movimiento” no existió ningún proceso comunicativo, pero sí un proceso informativo eficiente.

 

En conclusión, la próxima vez que se siente a conversar, intente “comunicar” algo o desee poner un trino en su Twitter, considere todas las variables que pueden estropear su mensaje o la manera en la que se podría enriquecer más.

 

 

Colofón

 

Desde la Física hasta la Lingüística, la ciencia ha realizado enormes y esclarecedores tratados, teorías, modelos y esquemas de cómo debe funcionar una comunicación adecuada entre los individuos y su papel de ésta con el resto de los sistemas sociales. Desde Aristóteles, San Agustín, Kant y Einstein hasta Barthes, Habbermas, Lacan, Wienner y un sinfín de autores (por mencionar algunos) hay innumerables textos desde distintas disciplinas que nos guían a través de la historia, la didáctica y la dialéctica (vaya paradoja) a entender este fenómeno que atribuimos arbitrariamente a los seres humanos (recientes descubrimientos etológicos con las belugas están poniendo en serios aprietos tales afirmaciones) y que, a pesar de los esfuerzos y presunciones, no logramos establecer de una manera inequívoca para comunicarnos.

No cabe en este espacio el interminable listado de conceptos, tratados y modelos que han ido cambiando a lo largo de la historia, pero para quiénes les interese profundizar y enloquecer a sus amigos con lo que va a ir descubriendo, le podemos recomendar dos textos introductorios. El primero, de Luis Piñuel y Calos Lozano “Ensayo General de la Comunicación” y el segundo, de origen nacional, “Comunicación, Ciencia e Historia” coordinado por el Dr. Jesús Galindo. Acompáñeme en este proceso de enloquecimiento que he recorrido los últimos 21 años.

 

Ricardo Meza Guasco

 

[1] Ver el artículo escrito por Jorge F. Camacho “Escribir, redactar” en Algarabía 80 pp 32 a 35

[2] Manuel Martín Serrano. Teoría de la Comunicación. McGraw Hill. 2007

[3] Op Cit p. 11

[4]Savater Fernando. Un Arte en Desuso. El País Semanal. num. 1,142. Agosto, 1998.

 

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s