Cuando los miedos y los placeres se juntan

Durante mi educación elemental, el colegio tenia como objetivo pedagógico realizar eventos que incluyeran a toda la comunidad académica – lo cual no era poca cosa, tomando en cuenta que habrían constantemente cerca de 1600 alumnos – Organizaban tremendos jolgorios, de proporciones admirables, en los que toda la comunidad participaba en actividades con objetivos cómo la interacción social, la cooperación y un largo etcétera de justificaciones.

 

Desde mi primer contacto con este tipo de actividades sentí un temor y una aberración irracionales ante tales situaciones. Experimentaba tales niveles de angustia y nerviosismo por verme incluido en las mencionadas faenas grupales que a la primera oportunidad me escabullía del lugar – aprovechando la invisibilidad individual – para apartarme de ese pandemónium y ponerme a salvo de lo que fuera que me esperara por participar en semejantes circunstancias.

Ya a salvo de ese tormento con la seguridad de la sana distancia y unas supuestas habilidades camaleónicas para confundirme con el entorno, contemplaba con exagerado placer a una masa amorfa que se movía con una sincronización mágica. Disfrutaba desmedidamente desde mi guarida estos movimientos observando a todos participar de algo que, no solo no me interesaba ni me atraía en lo absoluto, pero que aterraba, pero al mismo tiempo, quedaba fascinado por su mágico sincronismo y esa pérdida voluntaria y consciente de la individualidad en pro de lo colectivo.

 

Ciertas ocasiones (el colegio insistía en someterme a tales incomodidades varias veces al año) fui descubierto y enviado de vuelta para integrarme, incluida alguna esporádica consigna a algún incauto para que se cerciorara de mi participación activa, y fuera yo nutrido por los objetivos propios del evento. No pasaba mucho (aunque para mí era una eternidad)antes de que me las arreglaba para volver a escapar. Al final, nadie notaba realmente mi ausencia, y la de nadie en realidad.

 

Nunca superé tales manías o fobias, si les podemos llamar así. Aun en conciertos, marchas o eventos deportivos a los que he asistido un sin numero de veces, nunca me he sentido del todo cómodo en tales actividades. Cuando participé de algún equipo deportivo (que también fue gran parte de mi educación básica) nunca llegué a integrarme con el equipo y siempre me resulto incómodo o fuera de lugar. Incluso, existió algún insensato que tuvo a bien sugerirle a mis padres que me llevaran a los “boy scouts”. Lo maldigo desde el tiempo. Nunca he conocido nada más parecido al infierno, pero eso merece otro tiempo y espacio.

 

Obviamente no puedo negar que en algunas ocasiones sucumbía ante las tentaciones y he participado fervientemente de tales sucesos sumergido en las mieles del anonimato, pero también es cierto que, como resultado, obtengo cierto remordimiento moral o arrepentimiento, por haberlo hecho y me queda una inquietante culpa por haber participado.

 

Lo que tampoco cambió desde mi infancia es el disfrute desmedido y cuasi orgásmico que me produce ver como se mueven las multitudes cuando aplauden o se levantan de sus asientos para causar ciertos efectos gigantescos y esa fascinante armonía social que se da de manera espontánea; un desfile militar que mantiene un ritmo hipnótico y se mueve por grandes espacios y periodos de tiempo prolongados, mientras el público, expectante, trata de responder del mismo modo con burdos intentos. Es en verdad maravilloso. Terminando: no hay comparación con el éxtasis que me produce las inauguraciones de los juegos olímpicos o las tablas gimnásticas. Intoxicante. Simplemente nunca me pidan que les ayude en tales tareas, bajo ninguna circunstancia.

 

Ricardo Meza @avedrio

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