QUE ALGUIEN ME EXPLIQUE

“Si hay un idiota en el poder, es porque quienes lo eligieron están bien representados” – Gandhi

 

Desde ayer (8 de noviembre del 2016) las redes sociales, los medios de comunicación y prácticamente la mayoría de los mexicanos, sobre cualquier otra nación, estuvimos siguiendo con desmedido interés, el desarrollo de las elecciones de los Estados Unidos de América.

 

Sea por razones familiares-personales, hasta por mero ocio, el país estaba en vilo cual final de telenovela o reality show conforme se desarrollaban los hechos que, poco a poco, iban dando la ventaja irreversible a Donald Trump. En ése andar, los memes relacionados al tema se empezaron a devenir cual plaga de langostas y se veían y replicaban con mayor rapidez de la que iban actualizándose los resultados. La risa, dicen los que defienden nuestras manías, es ése elemento catalizador ante la tragedia inminente, lo que nos hace llevadera esta terrible realidad que abofetea cada que puede.

 

Sobre este escenario hubo cabida también al pesimismo, al drama, a la tragedia y por qué no, a la especulación. El Apocalipsis quedaba corto para describir los dantescos escenarios que se venían. Los sectores “educados” se arrancaban las cejas ante el desamparo y zozobra que significaba que un personaje –desdeñable, por supuesto – ganara las elecciones presidenciales del país mas poderos del mundo, en un contexto – ellos lo juraban así – en donde la igualdad, la civilidad, los derechos humanos, la ecología y la equidad de género, son incuestionables.

 

México, siempre caleidoscópico, contradictorio, y de matices tan sorprendentes, se tiraba al piso a patalear en una solidaridad que enarbolamos como nuestra mejor cualidad junto a miles de personas que veían – y ven – cómo el fin de ese hermoso mundo globalizado e incluyente se les escapaba de las manos. Y es que a quién se le ocurre – a Trump – querer desmantelar este bello paraíso en el que todos estamos conectados, en el que el mundo ya es uno, gracias a las tecnologías, los mercados globales y la conciencia social desbordada en las redes sociales. Es inaudito, dicen, que a alguien con dos dedos y 3/8 de frente le parezca original y novedoso querer hacer las cosas de otra manera que no sea esta que vivimos ahora y que es tan maravillosa.

 

Sin embargo, y aparte el discurso misógino, genocida y racista del mentado e impresentable personaje, me parece que nos ha faltado visión en todo este merequetengue tan vapuleado y comentado, tanto en medios masivos como en esquinas obscuras de un café en la Colonia Roma. Nos falta visión histórica, se nos olvida que nada, ni siquiera los imperios, son eternos. Nos gusta la estabilidad y la monotonía cómoda y predecible, pese a lo que digan los gurús del “manashment” que abogan tanto por el dinamismo – el cual es una manera de mantenernos en una psicosis organizacional cuestionable, pero ese es otro tema – y nos escandaliza vislumbrar, aun de manera apocada, que este mundo pueda girar 180 grados en cualquier momento y nos lleve a todos al carajo.

 

Y por otro lado, no alcanzamos a ver grandes escenarios, vemos los sucesos mundiales como hechos aislados sin poder siquiera relacionarlos de una manera que nos ayuden a comprender de qué va la jugada “global”.

 

No digo, con todo esto, que no sea cierta la inminente crisis que se nos avecina ante cuatro años con un deleznable en la oficina con más poder en el planeta, sin embargo creo que esta crisis es una oportunidad para México y para el resto de las naciones, de recuperar sus comunidades, sus economías, su desarrollo. Hasta donde puedo entender, el innombrable busca cerrar sus puertas al comercio exterior, buscando reactivar su economía interna desde la producción “en casa” de todos los productos que demandan. Menudo asunto, ya que ese país se traga, literalmente, el 60% (el número es redondo) de lo que se fabrica en todo el planeta. México, manda a EEUU el 80% de lo que produce. Es, de verdad, un escenario terrible en términos sociales y económicos.

 

Sin embargo, si Trump quiere “hacer grande a América, otra vez”, ¿porqué no podemos en México hacernos grandes de una buena vez? ¿no será posible que nosotros dejemos de depender del exterior? ¿crear una economía sustentable y sostenible? ¿Aprovechar esta coyuntura y comenzar a trabajar para nuestro bienestar?

 

Implica un compromiso de parte de todos, una reestructuración de fondo a todos los niveles, un esfuerzo titánico que no se dará de manera espontanea e inmediata, nos va a costar, literalmente, un huevo y la mitad del otro; pero si EEUU ya no va a comprarnos, ni a nosotros, ni a la mayoría del planeta, ¿qué opciones tenemos? ¿rogarle a Trump? ¿pedirle que reconsidere y se la piense con calma? Ellos (los americanos) ya decidieron; comencemos a decidir nosotros.

 

Y bueno, esta idea implica mirar hacia adentro, dejar de fingir desconocimiento (o hacerse pendejo, como mejor lo entendamos) -ya que las circunstancias no nos dejan de otra-, que este es el momento histórico que podríamos aprovechar como nación. Táchenme de optimista, pero creo que si no estamos dispuestos a tomar en nuestras manos nuestro futuro y dejar de depender de terceros ahora en que nuestra habitual garantía se diluye, entonces, como dice Gandhi, estamos bien representados.

RICARDO MEZA @avedrio

 

 

Historia en tres actos

MGV

 

Primer acto

 

Mi padre, con vigorosos 28 años, trabajaba en la empresa de la familia y entre sus labores estaban realizar cobros y entregas a distintos clientes. En una de las empresas que visitaba cada semana, un día algo, o mejor dicho alguien, llamó su atención: Una niña de unos 12 años de edad que tenía unos ojos vivarachos, que estaba en un lugar que no era el lugar donde se debería encontrar. La distinción vino por ese simple hecho y paso de largo.

 

Segundo acto

 

Como dice la canción, el tiempo voló y con nuevas responsabilidades y diferentes obligaciones, mi padre ahora visitaba a clientes de cierta importancia para la empresa y una tarde cualquiera pasó a la mencionada empresa a realizar un encargo pendiente. Al entrar a la recepción se percató – de una manera muy evidente, por lo que dicen las crónicas – de la nueva recepcionista. Una jovencita de alrededor de unos 20 años le indicaba que esperara unos momentos para poder ver al director de la empresa. Terminada la reunión y despidiéndose con la propiedad del caso (llene los espacios), mi padre salió a buscar a algún conocido que le diera más información sobre aquella muchacha, resultando ser la hija menor del dueño y director de la empresa, a quien conocía desde hace varios años.

 

Tercer acto

 

Una semana después de ese primer (o segundo) encuentro, mi padre invitó a salir a aquella muchacha. No pasarían tres meses de noviazgo cuando le propuso matrimonio y tres meses más para que se realizara el bodorrio. Mi madre con 22 años y mi padre con 38 unieron a dos familias que llevaban años de amistad y relaciones comerciales (mi abuelo y dos de mis tíos habían trabajado juntos años atrás, antes de formar sus propias empresas). Ninguno de los dos, ni nadie, podría haber previsto o pronosticado lo que pasaría aquella tarde, ahora tan lejana y tan carente de cualquier otra cosa, salvo el haberse visto por primera vez. De ese primer encuentro han pasado 50 años y 42 años de matrimonio, contra todos los pronósticos y con las probabilidades en el terreno de lo inesperado.

 

Ricardo Meza Guasco aka Avedrio