Cuando los miedos y los placeres se juntan

Durante mi educación elemental, el colegio tenia como objetivo pedagógico realizar eventos que incluyeran a toda la comunidad académica – lo cual no era poca cosa, tomando en cuenta que habrían constantemente cerca de 1600 alumnos – Organizaban tremendos jolgorios, de proporciones admirables, en los que toda la comunidad participaba en actividades con objetivos cómo la interacción social, la cooperación y un largo etcétera de justificaciones.

 

Desde mi primer contacto con este tipo de actividades sentí un temor y una aberración irracionales ante tales situaciones. Experimentaba tales niveles de angustia y nerviosismo por verme incluido en las mencionadas faenas grupales que a la primera oportunidad me escabullía del lugar – aprovechando la invisibilidad individual – para apartarme de ese pandemónium y ponerme a salvo de lo que fuera que me esperara por participar en semejantes circunstancias.

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Una vez…

Una  mujer se desmayo cuando la besé. Deseaba tanto besar esos labios que en ese momento deje que las pasiones contenidas se desbordaran sobre ellos y no hice caso a los intentos de separarlos. No tardó mucho en desvanecerse y me sentí halagado, aunque un poco asustado, pero no mucho. El ego pesaba más que su cuerpo suelto. Duro poco el encanto. Despertó a los pocos minutos, mi victoria fue convertida en bochorno. Estaba tan constipada por una alergia que no la dejaba respirar. Lo demás imagínese usted.